¿Cómo salvarnos de un asteroide?

Es el año 2036. Un asteroide de 270 metros de diámetro se dirige directo a la Tierra. A pesar de haber sido detectado décadas antes, el trozo de roca llamado Apophis no ha sido desviado ni destruido. Nos hemos confiado en los cálculos que aseguraban que pasaría rozando la atmósfera y seguiría su camino. Pero hemos hecho mal las cuentas, y nos dará de lleno, extinguiéndonos dentro de pocas horas. ¿Cómo podríamos haber evitado nuestra extinción?

Nuestro destructor, al que hemos bautizado Apophis (un ser de la mitología egipcia con la forma de una gigantesca serpiente) fue descubierto en el 19 de junio de 2004 por los astrónomos Roy A. Tucker, David J. Tholen, y Fabrizio Bernardi desde las instalaciones del “Kitt National Peak Observatory”, en Arizona (Estados Unidos). En pocos meses nuestros científicos habían deducido su trayectoria y llegado a una conclusión inquietante: Apophis pasaría muy cerca de nuestro planeta en 2029. Pero lo más alarmante era que los modelos generados por ordenador preveían que el asteroide y la Tierra volverían a cruzar sus caminos en 2036, pasando a solo unos 40.000 Km. de su superficie. Puede parecer mucho, pero es la altura a la que están nuestros satélites de comunicaciones, y cinco veces más cerca de lo que se encuentra la Luna. Los matemáticos calcularon que había una posibilidad entre 45.000 de que Apophis nos golpease, y confiamos en ellos. A nadie pareció importarle el hecho de que si nos impactaba, el choque tendría el mismo efecto que si se detonasen 20.000 bombas atómicas. Al fin y al cabo, nuestro 2036 estaba lejos en su futuro y había problemas más inmediatos para atender. Hoy tendrá lugar el último amanecer que un hombre observe en la Tierra. En pocas horas Apophis, cuya órbita sólo difería en un 0.0003% de lo calculado años atrás, nos dará de lleno.

El párrafo anterior, obviamente, es solo un relato ficticio de lo que podría pasar si no prestamos atención a los trozos –a veces gigantes- de roca que poseen órbitas que los acercan peligrosamente a la Tierra. Pero Apophis existe, y hay un riesgo muy real de que nos impacte dentro de 20 o  27 años. A pesar de que los científicos han catalogado el nivel de probalilidad de impacto con este cuerpo celeste como el más alto de la historia, lo cierto es que la gran mayoría de la humanidad ignora por completo la existencia de esta moderna “espada de Damocles” que pende sobre sus cabezas. Sin embargo, el caso Apophis está despertando el interés de la comunidad científica, y varios equipos han comenzado a analizar en profundidad y seriamente qué es lo que podría pasar y cómo puede afectar a la raza humana.

Hay algo que debemos tener muy en cuenta: Apophis no está solo. Conocemos la existencia de muchos asteroides como él, que con cierta regularidad pasan a distancias pequeñas –astronómicamente hablando- de la Tierra. Sin embargo, estamos muy lejos de poder detectar todos los asteroides que vagan por el espacio, y es particularmente difícil detectar a los más pequeños (de “solo” unas decenas de metros de diámetro) cuyas trayectorias no son regulares. Se trata de cuerpos oscuros, que no emiten luz, “escondidos” en la negrura del espacio, y que se mueven a velocidades de vértigo. A veces solo podemos detectarlos unas pocas horas antes de que nos choquen. Cualquiera de ellos tiene el potencial de diezmarnos o directamente eliminarnos por completo. Es evidente que se trata de un problema que merece toda nuestra atención.

Hay algo que debemos tener muy en cuenta: Apophis no está solo.
Hay algo que debemos tener muy en cuenta: Apophis no está solo.

Para investigar la mejor forma de desviar este y otros asteroides hacia una órbita que resulte inofensiva, un equipo dirigido por David Dearborn, del Lawrence Livermore National Laboratory (California) ha elaborado un modelo que muestra el efecto que tendría una explosión nuclear en la trayectoria de un asteroide. Su asteroide virtual tiene un kilómetro de diámetro y está compuesto por escombros rocosos débilmente unidos entre sí por la gravedad. Esta composición no es un capricho: los científicos planetarios aseguran que esta es la más probable en el caso de los “pequeños” asteroides.

Podríamos intentar destruir el asteroide con una bomba nuclear, pero se correría el riesgo de que se fracturase en trozos algo más pequeños que todavía fuesen una amenaza para la Tierra. También podríamos golpearlo con un objeto pesado para desviarlo, pero se corre el riesgo de fracturar su estructura. Sin embargo, los científicos dicen que ahora puede haber una tercera opción, que implica desviarlo suavemente de su trayectoria mediante la explosión de un artefacto nuclear a una distancia muy bien calculada, o mediante el uso de láseres de alta potencia.

Un pedruzco como este puede acabarnos.
Un pedruzco como este puede acabarnos.

Por ejemplo, una detonación nuclear de 100 kilotones que se produzca a unos 250 metros detrás del asteroide, debería modificar su velocidad en unos 6.5 milímetros por segundo. Esta velocidad adicional bastaría para que pase por la orbita de la Tierra varias horas antes de que nuestro planeta llegue a ese punto, salvándonos del impacto. Es decir, en lugar de destruirlo o desviarlo, puede resultar más fácil y seguro acelerarlo para que se adelante al paso de nuestro planeta. Por supuesto, para que esto de resultado debemos implementar una red de vigilancia que nos alerte con el tiempo suficiente para hacer los preparativos y enviar el explosivo al espacio. Dicha red no debe depender de un presupuesto que sea modificable  por los caprichos del gobierno de turno.

Por supuesto, no se trata de una técnica exenta de riesgos. Los modelos muestran que, dada la composición débilmente amalgamada de la mayoría de los asteroides, aproximadamente el 1% de su masa puede seguir a la velocidad original, impactando de todos modos contra la Tierra. No obstante, siempre es mejor recibir un pequeño impacto que uno que nos deje completamente fuera de juego.

Una detonación nuclear, irónicamente, podría salvarnos.
Una detonación nuclear, irónicamente, podría salvarnos.

Otra de las ideas que la NASA está estudiando seriamente consiste en mandar una sonda al asteroide con una carga de tiza (sí, leíste correctamente: de tiza) para pintar una de las caras del asteroide de blanco. Este método podría ser más eficaz que el de la bomba atómica si el asteroide está a años de distancia de la Tierra, porque la tiza reflejaría la luz que el asteroide recibe del sol y esos fotones empujarían al asteroide modificando su órbita. Este cambio sería muy pequeño, pero si actúa durante varios años podría ser suficiente para que no nos impactase. Parece que Bruce Willis debería haber ido al espacio con una bolsa de polvo de tiza blanca.

El uso de láser de alta potencia también es una alternativa, y su funcionamiento es muy similar a lo explicado en el párrafo anterior, solamente que en lugar de emplear la débil radiación solar, utilizamos potentes rayos láser como los que sabemos algunos gobiernos han desarrollado con fines bélicos. Como fuese, hay solo una alternativa que no debemos tener en cuenta: el permanecer pasivos frente al problema. Tenemos evidencia clara de que estas piedras caen sobre nuestro planeta. Lo han hecho antes, y volverán a hacerlo en cualquier momento. Si queremos permanecer con vida, tenemos que ponernos a trabajar ya mismo para resolver este problema.

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